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Everlasting Space"You will find me in the world of yesterday..." |
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June 16 Estudio Sobre el Amor 2Curiosamente, son muchas las personas que prefieren estar con alguien a quien quieren, aunque este les haga sufrir, antes que estar con otras personas que les quieren de verdad. Es decir, una persona ama a quien ama y a quien le ama. Por quien sabe qué razones, yo suelo ser violinista de muchas parejas y a veces les aconsejo lo que deben hacer, a pesar de no haber tenido nunca una relación con nadie. Suelo aconsejarles qué tienen que hacer para no pelearse, para que las cosas pasen con menor dificultad y cosas así. Pero muchas veces lo que me gustaría aconsejar es "deja a esa persona y quédate conmigo, porque yo te quiero", pero eso no puede ser porque yo no le gusto a quien a mí me gusta. Es una gran controversia. April 05 La Angustia de una Habitación SOScuraUna habitación a oscuras, alguien sobre la cama mirando fotografías en un portátil. La única luz que hay en la habitación es la que emite el portátil. Él mira fuera de la pantalla y no ve nada. Sus ojos en la oscuridad son cegados por la luz del portátil, y no puede ver qué hay en el resto de la habitación a causa de la oscuridad. El único medio de contacto que tiene es el portátil. No tiene contacto físico relaciones presenciales con los demás. De ellos solo sabe lo que estos publican en Internet. Siempre recuerda los momentos que aparecen en sus fotos. Se siente triste, pues no puede recuperarlos. Y, en cierto modo, tampoco puede recuperar a ciertas personas.
Mira a su alrededor y no puede ver nada. Se siente aislado, le duele el cuerpo, le duele el alma. Se siente confundido pues echa de menos, pero no sabe bien qué es. No sabe si extraña momentos, si extraña personas, si extraña a unas o a otros, si es a las dos a la vez, no sabe cuándo las volverá a ver, no sabe cuándo volverá a salir a la calle. No sabe si la vida seguirá adelante mañana. Está aprensivo. Está atrapado en esa sensación de aprensividad. Tiene miedo del mundo que le rodea, del que le rodeará al día siguiente cuando vaya al trabajo. Tiene miedo de no volver a ver. Tiene miedo de que lo que vea no le guste. Miedo de existir pero a la vez miedo de no existir. Miedo a decir la verdad que tanto le reconcome no decir. Un chico que quiere amar pero que no puede. Un chico que necesita cosas que ni siquiera él sabe qué son. Un chico que quiere morir pero que…
No sabe qué es lo que siente realmente. No sabe lo que quiere. Es un chico del siglo XXI. Así es como me siento en estos momentos. Atrapado en un mar de pensamientos, de sensaciones que no puedo descifrar. De deseos que quiere colmar pero que se ven cohibidos por el mundo material. Alguien que no puede. March 17 Requiem for a DreamElla ya no era ella. No lo era. Estaba detrás de un cristal, metida en una urna. No era así. Ella nunca se habría metido en la urna por sí sola. Amaba demasiado la vida. Más que yo. Por eso muchas veces pienso que debería haber sido yo el que se fuera, no ella. Siempre lo he pedido y ahora resulta que le ocurre a quien menos nos esperábamos todos. Nunca me había planteado su muerte. Sí la de otras personas. Me planteé cómo actuaría ante esa situación. Cómo actuaría si muriese Fulanito o Menganita, pero no ella. Su carita estaba hinchada por el accidente. Parecía que nos enseñaba los dientes desde detrás del cristal, como su coneja Gorda. Las mejillas ya blanquecinas, ausentes del color rojizo de la sangre, ausentes de cualquier tonalidad rosada. Era un cuerpo sin vida. Dentro de una «urna verde». Nadie podía tocarla. Pero ¿queríamos siquiera hacerlo? ¿Lo quería yo? ¿Lo querían sus padres? Cuando llegué me advirtieron que no entrara, que sería muy fuerte. Hasta entonces no había llorado. No lo había hecho en ningún momento desde que me comunicaron la noticia hasta entonces. Ni siquiera cuando vi a otras personas llorar por ella. Algunos no podíamos aceptarlo, no éramos capaces de verlo posible. Ella no podía haberse ido. Todo era una broma. Mary siguió pensando que era un sueño aun después de verla. La sala estaba llena de gente. Gente sentada en sillas al rededor de una mesa. Una mesa como la de mi casa. Más allá había otro montón de gente y tres sofás. Al principio no supe adónde mirar, hasta que vi una pared de cristal, tras la cual estaría ella, pensé. Me acerqué. Tenía que verla. Si no lo hacía me arrepentiría. Adrián me lo dijo en la puerta. A él no le había resultado agradable verla. Pero si no la veía ahora lo lamentaría. No pude más que ver el final del ataúd, cuando su madre, rodeada de mujeres en el sofá frente a esa sala de cristal en la que yacía el cadáver de su hija, me llamó. «¡Juanjo,», decía con un dolor y un llanto incontenible, «es la Cristina! ¡Es la Cristina, es mi niña, Juanjo! ¡Juanjo, con lo que tú la querías, Juanjo! ¡Es mi niña…!». Era un mar de lágrimas incesante. Le di dos besos y me senté a su lado. Le cogí la mano. Y nada más escucharla hablar no pude evitar echarme a llorar. Todo lo que decía… era tan redundante y a la vez tan dañino. La simple imagen del final del ataúd ya me había hecho estremecerme enormemente. Y ahora la conmoción provocada por la imagen de Montse llorando amargamente era algo aún peor, algo que me hizo tener miedo. Yo me pegué a ella y no la solté mientras repetía una y otra vez lo mismo. «Mi niña». No tenía prisa por ir a mirar por el cristal. Ahora tenía miedo de verla. Cuando entré pensaba que la vería directamente y que lo afrontaría, pero ahora que estaba con Montse e incluso ella me estaba diciendo que fuera a verla, no podía. «No me atrevo», le dije. Siguió hablando. Me dijo que ella siempre le decía que volviese a casa, que tuviera cuidado, que no saliese tan tarde… Que durmiese en casa. Pero ella iba a casa y dormía solo dos horas. Eso decía Montse. Habían ido a Niebla a ver el amanecer. Romanticismo. Eran muy felices. Ella era feliz, él también. Él era muy romántico, un Caballero Oscuro que servía a su reina. Me encargó que la protegiese, como Lacayo suyo que era. Le juré que la protegería. Pero sin embargo no había hecho nada por que ella y su familia volviesen a estar bien. Es complicado. Creo que nadie está preparado para controlar estas situaciones. ¿Qué podía hacer? Me acusaría de estar de parte de sus padres y no me escucharía. Siempre quise intervenir, implicarme más en el asunto, pero no sabía. Fue culpa mía también. Montse se estaba culpando por no haber podido hacer que entrara en razón y seguí llorando y repitiendo. Pero entonces yo le dije que también había sido culpa mía, que no había sabido hacer nada. ¿Pero había siquiera querido hacer algo? Quería. ¿Era vagancia? Era un «no saber hacer». Era culpable. Decidí ir a verla. Me levanté, pero en cuanto volví a ver el final del ataúd volvía ponerme a llorar. Volví a apartar la vista. Era demasiado. Saberlo, saber que estaba allí pero que no estaba. Aún no podía. Le había pedido a Carmen Rocío que entrase con-migo, pero le noté que no quería entrar. Al final había tenido que entrar solo. Ya no recuerdo qué fue lo que me hizo mirarla de una vez por todas. Pero allí estaba ella. Todo su cuerpo tapado. Cubierto por una tela blanca con un bordado en gris de la cruz de Santiago. Al menos a mí me parecía la cruz de Santiago. Solo se le veía la cara. En la frente tenía un poco de sangre reseca, e igual debajo de los labios. Los ojos ya cerrados por la muerte. No miraba hacia ningún lado. Las mejillas hinchadas. Debía de ser por el golpe. No era ella. No lo era. Lo dijeron muchos. Su hermana dijo que no tenía la cara triste. Lloraba desconsoladamente. Me contó que la última vez que la vio le dijo que no la quería, pero no sabía lo equivocada que estaba. Y lo mismo su madre, que siempre estaba enfadada con ella, pero que en realidad la quería más que a nadie. Como una madre quiere a su hijo… Su hermana había visto la cámara de fotos de Cristina y me dijo que estaba llena de fotos de nosotros. Y siguió llorando. Recuerdo que la última vez que la vi fue… en el parque. Ella, Mary y yo habíamos quedado para dar una vuelta y charlar, porque hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Se había traído a su coneja Gorda. En realidad se llamaba de otra manera pero la llamábamos así porque estaba gorda. La habíamos soltado por el césped, para que se divirtiera y corriera a sus anchas. Cuando se iba muy lejos me mandaba a por ella. Yo obedecía, como buen Lacayo. Ella se pasó toda al tarde hablando con Mary. Hablando sobre hombres, creo. Me tenían marginado, como solían hacer a veces. Pero no me importaba. Supongo que eso era verdaderamente ser un Lacayo. Ella mandaba y yo hacía lo que ella me ordenaba. No era una relación masoquista ni nada de esas cosas de la sumisión. Era una relación feudal. Siervo y Señora. Era una relación de fidelidad, de protección. Un juramento no escrito. Un juramento de palabra, como el que los señores feudales tenían con sus siervos. Así éramos, pero eso pocos lo entendían. Yo daba mi vida por hacerla feliz a ella. Hacerla feliz me hacía feliz a mí también. Hacerla feliz era razón suficiente para existir. Y también la vi un día por el balcón. Me asomé y los vi a él y a ella llamando al portero de su casa. No les dije nada porque sabía que no me iban a escuchar. Luego le escribí un e-mail diciéndole que los había visto. Lo último que le mandé fue otro e-mail para seguir una especie de correspon-dencia que iniciamos a partir del anterior mensaje. Le mandaba unas fotos de una anécdota que habíamos tenido Mary yo. Pero nunca las llegó a ver. Se las había mandado… y ya no existía. Todos estuvimos de acá para allá en el tanatorio. A la terraza, a la planta baja, a la cafetería. Nadie se quería ir. Entramos varias veces a verla. Una de ellas me quedé mirándola fijamente en busca de signos vitales. La veía parpadear, la veía respirar. La tela que la cubría se movía muy levemente hacia arriba y hacia abajo. Pero ella no estaba viva. Era la persiana, que al ser de láminas, como esas americanas, no le permitían a uno verla bien y parecía que se moviese. Aquello era más cruel. ¿Y si de verdad estaba viva aún? ¿Y si todo era un coma y nada más y ahora se despertaba? ¡Se vería en aquella situación y no lo comprendería! Todos los presentes nos espantaríamos muy a pesar de que era eso lo que queríamos: que ella volviese a estar viva. ¿Y si no podía levantarse? ¿Y si aquella urna frigorífica de cristal en la cual su cuerpo se conservaba frío la estaba matando mientras ella aún estaba viva pero inconsciente? Romper el cristal. No podía pensar eso. Las cosas no eran así. Todo eso venía a mi cabeza porque quería verla de nuevo en pie, con nosotros. Quería verla viva. Todos tenemos esos deseos. Una señora que estaba al lado, que dijo ser la hermana de un tío (creo), dijo que a ella le parecía que estaba parpadeando. Sabíamos que no era así, pero lo dijo, y yo le dije lo que acababa de aprender por mí mismo sobre nosotros. La deseábamos viva. No queríamos ver eso. No queríamos ver su existencia inexistente. Esto era su «no-ser». Estaba allí, pero ya no lo estaba. Nunca me cansaré de repetirlo. Y entonces me di cuenta de lo que necesitaba para superar aquello. Necesitaba una despedida. Tenía que decirle adiós. Era necesario. Si no nos despedimos de alguien nos seguirá doliendo para siempre. Yo sabía que ella ya no estaba allí, que su existencia había pasado a otro plano. El mundo mejor, como se suele decir. Un mundo mejor que se compara al Paraíso. Cuando morimos no vamos a ningún lado. No hay un Paraíso ni un Infierno. No hay nada de eso. Pero sin embargo, prefiero creer que hay algo mejor. Sí, un paraíso no terrenal, pero no un paraíso religioso. Un sitio donde la paz y la felicidad son eternas. Sabiendo esto, no era necesario sentirse triste con la muerte de alguien cercano, sino más bien todo lo contrario. Sabemos que lo sucedido ha sido para bien, que ahora es feliz. Sería motivo de celebración. En ciertas culturas, según me contaron una vez, cuando una persona moría se celebraba una fiesta en lugar entristecerse. Así pues, esto es lo que hice. Dije para mí mismo «acepto tu muerte», y pensé en que ella no querría vernos tristes. Ella querría que todos fuésemos felices. Ella querría que nos riésemos de las cosas, que hablásemos, que viviésemos, ¡que halagásemos su belleza física! Ella era feliz si nosotros lo éramos. Así que ahí quedó todo. Miré su cuerpo por última vez. Solo su cuerpo, pues su alma ya no estaba. Estaba en un lugar mejor y también seguía dentro de mí. Estaba feliz porque sabía que ella estaría feliz. Me serené mucho. Y me despedí. Antes de irnos de allí, las niñas quisieron verla por última vez. Cuando la miré de nuevo ya no lloré. Ya había aceptado que ella no estaba allí, ya no me sentía invadido por una tristeza grande. La miré por última vez y me fui.
Al día siguiente, en el funeral, la vi a pocos metros de mí, dentro del ataúd, fuera de la sala con el cristal. Estábamos en la capilla. Pero, aunque triste, no lloré, no quise acercarme más de lo necesario. Solo para mirarla. Podía haberla tocado, como habría querido hacer el día anterior. Pero no lo hice. No fue porque no tuviese estómago. Fue porque ahora veía el cuerpo no como si fuera ella, sino como a un cascarón vacío. Había estado vacío desde el momento en que murió en el accidente. Era como una metamorfosis. El gusano que se convierte en mariposa y deja atrás su cuerpo vermiforme. El cuerpo se queda en el mundo terrenal y el alma se va cual mariposa. ¿Adónde? No lo sabemos. Solo sabemos que es un mundo mejor. Tiene que ser un mundo mejor. Tiene que serlo. Hubo una misa. Un cura desconocido habló sobre la cristiandad de ella, sobre que era nuestra hermana y más cosas relacionadas con Cristo. Cosas con las que aún no sé si estoy completamente de acuerdo. Pero las escuché. Nadie dijo nada más. Habló el cura y fin. Ni sus padres, ni sus hermanos, ni su mejor amigo, ni nadie. Aquello estaba siendo muy seco, muy superficial. Vimos a la ex-secretaria del instituto y a la vicedirectora, o yo qué sé qué puestos tendrán ahora. Se sentaron delante de mí. Las flores... Las flores las compramos allí, en la puerta del cementerio. Pero fue demasiado tarde cuando nos enteramos de que no la iban a enterrar, sino que la iban a incinerar. Lo supimos a las puertas del crematorio. Ya no sabíamos que hacer con las flores. Al final las pusimos en el suelo, junto a otras flores que no habían cabido en las ventanas del coche. Fue muy frívolo. Queríamos ponérselas a ella, no al suelo. Pero ella ya había desaparecido por las puertas del crematorio. Ella ya no estaba allí y no volveríamos a verla jamás. October 24 ¡Vergüenza y Sinvergüenzas!Esto es de vergüenza, en serio. El otro día, no recuerdo cuándo pero creo que fue en abril, emitieron el programa Ajuste de Cuentas, un programa que, supuestamente, ayudaría a familias a administarse de forma tal que pudiesen llegar a fin de mes. Es decir, que este programa sería la solución para aquellas personas a las que en casa solo les entra un sueldo de entre 500 y 900 euros.
Sin embargo, sucedió algo ese día de abril que me hizo cabrear y bastante, lo cual me demostró la desfachatez y poca vergüenza que tienen algunas personas. No tomé los datos porque estaba completamente indignado por lo que vi, pero he aquí un enlace del blog de alguien que, al igual que yo, se sintió indignado, pero tuvo la precaución de apuntarlo todo: http://cuestionesfinancieras.blogspot.com/2008/04/ojala-tuviera-yo-que-hacer-ese-ajuste.html. Os animo encarecidmente a que lo veáis. Aunque si aún así no queréis, aquí tenéis un pequeño resumen.
Pues veréis, la familia era de cinco miembros, tenían cuatro coches y a la casa les llegaba un sueldo "miserable" de 6.000€ mensuales más o menos. La familia, a pesar de la ostentosa cifra mencionada (un millon de las antiguas pesetas), se quejaba de que no llegaban a fin de mes. ¡¿Pero qué es esto?! Señores, cuando oí estos datos me sentí indignado, ultrajado y casi violado por la poca vergüenza que estas personas habían tenido al presentarse a este programa, y más poca vergüenza aún tuvo el programa para ofrecerles la oportunidad.
¡¡¡¡Por Dios!!!! ¿Qué hay de la gente que cobra sueldos de pena como nosotros? ¡¿Cómo esos señores tienen la poca vergüenza, cara dura y desfachatez extrema de decir que, cobrando 6.000€, no pueden llegar a fin de mes, cuando hay familias como la mía que tiene que hacerlo con la paupérrima cantidad de alrededor de 1.000€?! ¡¿Qué clase de personas son esos desgraciados que no pueden afrontar "una tarea tan ardua e imposible" como esta?! Es indignante y cada vez que pienso en ello me da asco; asco de ver a gente como esa permitiéndose los caprichos que se permiten y luego quejándose de que les falta el dinero. Habiendo gente como YO, QUE NO TIENE NI PARA COMPRARSE COMIDA EN LA UNIVERSIDAD, QUE TENGO QUE ESTAR SIN SALIR CON MIS AMIGOS A TOMAR REFRESCOS PORQUE SI NO NO TENGO DINERO PARA FOTOCOPIAS U OTROS MATERIALES ESCOLARES; QUE NO TENEMOS UNA VIDA BUENA, PERO QUE AÚN ASÍ HACEMOS PERIPECIAS PARA LLEGAR A FIN DE MES, PARA QUE LUEGO VENGA UNA PANDA DE SINVERGÜENZAS QUE GANAN MÁS QUE TÚ Y DIGAN QUE SON MÁS POBRES. ¡¡¡DESGRACIADOS, SINVERGÜENZAS!!! ¡¡¡PÚDRANSE EN EL INFIERNO!!! |
¡Gracias por tu visita!
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